|
Entre las aspiraciones que en el
año 2000 se explicitaron en la Estrategia de Lisboa, la UE
decidió apostar por la modernización del modelo social europeo,
mediante la inversión en capital humano y la lucha contra la
exclusión social.
Al aumentar las oportunidades de
aprendizaje y formación de los europeos, y con ello su nivel educativo,
se aspira a varios retos ambiciosos: mejorar el nivel y la calidad del empleo
para contribuir al dinamismo de la economía europea, aumentar el nivel
de bienestar social de la población europea y reducir los focos de
marginación para favorecer la máxima integración social en
la UE.
Se pretende que todo ciudadano
europeo posea los conocimientos que le permitan vivir y trabajar en la Sociedad
de la Información, lo que exige políticas públicas activas
que aumenten la inversión en formación y educación, que
construyan infraestructuras del conocimiento y que establezcan cauces adecuados
para el acceso generalizado a las mismas por parte de todos los europeos.
Para lograr lo anterior, la UE
fijó como objetivo concreto conseguir que en el año 2010 el 85%
de la población europea mayor de 22 años tenga educación
secundaria superior.
Los resultados obtenidos por el
momento no son nada satisfactorios. Curiosamente, se aprecia un significativo
estancamiento en el mismo: a finales de 2004 el porcentaje alcanzado era el
76,4%, y en el 2002 el nivel educativo de que disponían los europeos
eran el 76,6%. Los países del Este presentan en este objetivo una
situación ventajosa respecto al conjunto de la Unión. En el
extremo opuesto se encuentran Portugal y Malta, en tanto que España
ocupa el antepenúltimo lugar (sólo un 62,5% de sus mayores de 22
años tiene un nivel de enseñanza secundaria superior).
La realidad española es
ciertamente pobre, lejos del objetivo fijado para 2010 y a considerable
distancia de la media europea. El dato es aún más negativo de lo
esperado: la evolución está siendo claramente regresiva. En 2002
el porcentaje se situaba en el 64,9% y en 2003 en el 63,4%.
Además, entre los
jóvenes españoles (población comprendida entre 20 y 24
años) el porcentaje de los que tienen educación secundaria
superior es el 61,8%, a casi 15 puntos porcentuales de distancia de la media
europea (76,7%) y prácticamente a 30 puntos del país que lidera
este ranking (Eslovaquia, con el 91,3%). Es verdad que este dato, del mismo
modo que el anterior, es estático y con toda probabilidad ambos
están afectados por el fenómeno de la llegada masiva de
inmigrantes -por lo general, con bajos niveles de formación- que
caracteriza a la economía española en los últimos
años.
Por otro lado, los datos
publicados por Eurostat exponen que el porcentaje de población
española mayor de 24 años y menor de 65 que recibe anualmente
algún tipo de formación es un reducido 5,2%, muy distanciado del
correspondiente a la media europea (9,4%), y enormemente distanciado de
países como Suecia (35,8%), Dinamarca (27,6%), Finlandia (24,6%), Reino
Unido (21,3%), Eslovenia (17,9%), Holanda (16,5%) o Austria (12%).
El último estudio
comparado publicado por Eurostat, en el que se expone la relación entre
gasto público en educación y PIB de los diferentes países
de la UE, España ocupa el antepenúltimo lugar con un modesto
4,2%, cuando 12 países superan el 6%, y de ellos tres el 7% (la media
europea es el 5,3%). Probablemente este dato sintetice el escaso compromiso de
la sociedad española con el objetivo de la cumbre de Lisboa.
Sin duda, la formación es
uno de los factores que en mayor medida explican el liderazgo de los
países, lo que determina que la inversión en educación
tenga un valor estratégico y de futuro. En función de los datos
analizados, es evidente que en este campo España no está
realizando el esfuerzo que debiera, situación que debiera invertirse con
urgencia y con energía.
Fuente: Cinco Días
|