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La industria cultural -cine,
libros, música, espectáculos, etcétera- es un importante
motor económico y de empleo en la moderna sociedad del conocimiento.
Toda ella se cimenta sobre la creatividad de los autores y creadores, que ven
retribuido su trabajo en forma de derechos de autor.
Normalmente, la propiedad
intelectual se cuantifica como un porcentaje de las ventas del producto
cultural, bien sea películas, música o libros. Pero en la
actualidad todo está en crisis. Tanto, que ha sido precisa una nueva ley
para regular esa propiedad intelectual.
Hasta la revolución de
Internet, todo era más fácil. Las discográficas
vendían los discos y pagaban los derechos de autor y el conjunto de
propiedad intelectual en función de los discos vendidos, de una forma
similar al que los escritores cobran de sus editoriales. Aunque en la
música los derechos los gestionaba la SGAE, en el fondo el principio era
bien fácil: tantos discos vendes, tanto cobras.
El uso de Internet
permitió a cualquier usuario bajarse la música que quisiera sin
tener que pagar por ello. Esta nueva piratería es cuasi legal, dado que,
en verdad, lo que se hace es compartir archivos informáticos. Las
consecuencias fueron demoledoras para la industria discográfica tanto
internacional como española. De unas ventas de 685 millones de euros en
2002 se ha bajado a 461 millones en 2005. Y siguen descendiendo. Los
españoles gastábamos una media de 17,3 euros al año en
2001 y ya estamos en 9,8.
Es normal que autores y empresas
hayan puesto el grito en el cielo. Similar fenómeno ha ocurrido en el
sector audiovisual, en el que el importe de las ventas de DVD descendió
un 28%. Las empresas han decidido cambiar de estrategia. Así, las
discográficas buscan su rentabilidad en los conciertos en directo y el
patrocinio de las grandes marcas comerciales.
La industria electrónica
colabora en este proceso de barra libre. Los reproductores MP3, por ejemplo,
permiten almacenar un importantísimo número de temas musicales
bajados por Internet. ¿Para qué comprar un CD si sale más
barato bajarlo de la red y si, además, sólo copio la
canción que me gusta, y no el disco completo?
¿Cómo solucionar
el problema? Bastaría con que el usuario pagara una pequeña
cantidad por cada archivo que se bajara. Pero la realidad es mucho más
compleja. Aunque muchas compañías ya poseen sus canales de
e-venta, el gratis total es demasiado atractivo. Y por eso, la solución
que ha tomado la nueva ley es imponer un canon a los aparatos de
grabación -como DVD, móviles o MP3-, así como todos los
soportes digitales, a excepción de los discos duros.
Se repite el principio del canon
que la ley de 2001 consagró para la defensa de la propiedad intelectual,
con la instauración del canon sobre las fotocopiadoras y sobre las
cintas de casetes y vídeos. Lo que valía para lo
analógico, ahora se aplica sobre lo digital. Lo recaudado se reparte
entre empresas y autores según determinados criterios de materias y
tiradas.
Es normal que la SGAE
esté feliz con la ley, mientras que los consumidores protestan contra la
misma. Los primeros cobrarán algo, mientras que a los segundos les
saldrán sus compras más caras. Tiempo tendremos de mejorar los
sistemas de retribución de la propiedad intelectual. Otra
cuestión distinta es la del press clipping, porque la ley consagra una
injusta práctica.
Fuente: Cinco Días
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