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¿Cómo orientamos individual y socialmente nuestra acción? Existen básicamente dos
grandes actitudes, tendencias o corrientes de pensamiento a la hora de pensar el
desarrollo, la acción. Una separa el conocimiento de la acción; la acción debe estar
dirigida, predeterminada por un proceso previo de definición de estrategia.
Así cualquier alteración en las condiciones previstas debe conducir a modificar el proceso
paralelo de definición de estrategia. La otra sería entender que el conocimiento y la acción
no se han de disociar, que no pueden ser procesos paralelos por muy relacionados que
queramos presentarlos a través de visiones sistémicas, sino que conocimiento –decisión- y
acción deben ser pensados como unidad indisociable. Disociar significa que alguien –sea
una persona o sea un plan elaborado entre todos- dicta órdenes a alguien de quien se espera
que ejecute, mientras que la no disociación implica que alguien desde su conocimiento
decide y actúa. Debo hacer notar que la diferencia obviamente no está en la función que se
asigna a cada agente, sino que el resultado de una u otra forma de proceder será
radicalmente diferente.
Entre los extremos hay un mundo de realidades; no hay negros y blancos, o los hay, pero
también hay todo un mundo de matices grisáceos. Pero creo que la tradición convertida en
esquema mental básico que impregna nuestros modos de afrontar la realidad- se ha
escorado hacia uno de los extremos y de ello trata este artículo.
En este sentido, vemos que la forma de pensamiento habitual cuando se intentan abordar
temas complejos es la que separa conocimiento y acción. Este pensamiento parte de la
necesidad de establecer un objetivo, un punto de llegada. Tenemos muy metida la idea de
que lo primero es fijar un objetivo. Y esta forma de proceder da cumplimiento a esa
necesidad, ya que se articula entorno a la fijación de un objetivo previo. Pero
paradójicamente, aunque aceptáramos que haberse fijado una meta es imprescindible como
punto de partida –lo que en muchos casos no es así-, resulta que la disociación entre
proceso ejecutivo y proceso reflexivo lo hace lento, y -lo que es peor- ineficaz.
Es una forma de proceder extendida en todos los ámbitos de la actividad humana. Desde la
planificación estratégica y otras muchas herramientas del management, hasta el sistema
educativo que estructura horarios, asignaturas y temarios desde el objetivo de llegar a
aprobar la selectividad en bachillerato, o nuestra propia organización política en la que la
participación ciudadana en la democracia se limita a elegir cada cuatro años entre varios
programas electorales –de los cuales el programa electo se constituirá en objetivo
moralmente ineludible.
La actividad humana en todos los ámbitos en que se desenvuelve suele desarrollarse en la
complejidad, en el caos, por lo que las formas de organización así diseñadas crean siempre
problemas estructurales. A mayor rigidez, más obstáculos estructurales y peores resultados.
Miles de acciones y de acontecimientos que se influyen entre sí resultan imposibles de ser
comprendidos en el análisis a tiempo real, derivando sistemáticamente en un desfase entre
objetivo declarado y alcanzado, y también entre el objetivo deseado en el punto de partida y
el deseable en cualquier otro momento, y lleva, por último, a la peligrosa distorsión de la
imagen, por la que, aun no habiéndose alcanzado el objetivo, se viste como si se hubiera
alcanzado. Tres tipos de escenarios para los que el mundo de las organizaciones nos ofrece
todos los ejemplos que queramos.
Probablemente en algunos ámbitos no seamos capaces de imaginar mejores formas, como
sería el caso de muchas partes del sistema legislativo y jurídico. No puedo imaginar
alternativa para defender el derecho a la vida que no pase por imponer altas penas de
castigo por asesinato. Parte de la organización social deberá siempre adoptar estas formas.
Pero, así como parece resultar eficaz para la prohibición, para la no acción, cuando se trata
de orientar la acción, la creación –de cualquier tipo- la forma realmente eficaz es la que
asocia conocimiento y acción, la que se basa en la autoorganización, en apropiarse cada uno
de su actividad, decidiendo mientras actúa.
Avanzar hacia un objetivo que nos hayamos fijado no requiere trazar el camino paso a paso
para andarlo, sino que el camino se define y redefine en cada acción, cada día o cada
minuto. Y en cualquier acción social, se trata de miles de acciones realizadas por un
número de personas, acciones que se van influyendo entre sí… Cada decisión que tomamos
conforma una nueva realidad. Todo influye, se afecta y va tejiendo la realidad. Lo que
suceda en el camino puede tener impactos muy importantes: puede que algo haga que el
objetivo pretendido deje de ser relevante, o resulta que se observa una oportunidad antes
ignorada más interesante que el objetivo marcado, o cierto suceso pone una barrera
insalvable al objetivo marcado… Es decir, no sólo el camino se define y redefine a cada
paso, sino que también el objetivo debe gozar de esta cualidad. El problema es que cuando
se desarrolla toda una estructura de acción vertical a partir del Objetivo encumbrado,
modificarlo resulta inviable. Un ejemplo es la forma de funcionamiento de instituciones
públicas altamente burocratizadas. A partir de un determinado crédito disponible se
establecen objetivos de interés general, para cuya consecución se definen líneas de
actuación, con los desarrollos de sus planes de acción, normativa, etc. Bajo esta forma de
funcionamiento modificar caminos y objetivos sobre la marcha resulta prácticamente
imposible.
Pero ¿cómo actuamos en nuestra vida cotidiana? Voy con un ejemplo… Me planteo como
objetivo aprobar el examen de química que tendré dentro de tres meses: yo no perdería
demasiado tiempo en diseñar el plan de estudios, dividiendo las horas de estudio por temas,
estableciendo cuántas horas le voy a dedicar a repasar el tema que no habré entendido o la
distinta dedicación que requerirán un problema sencillo y otro que por su dificultad o por
mi distracción momentánea va a extenderse… Simplemente, un golpe de pensamiento me
dirá que le he de dedicar muy poco, poco o mucho estudio, según la experiencia pasada;
empezaré y con el paso de los días iré viendo si he de intensificar el estudio o si podría
relajarlo… Además puede haber otros factores que influyan en el estudio: las explicaciones
de algún compañero que me ayudan a entenderlo antes, algún problema sentimental que
interfiere, algún percance, etc. Todos ellos serán acontecimientos no predecibles.
En este sencillo ejemplo vemos con claridad que lo natural es no planificar demasiado. ¿Por
qué nos empeñamos entones en planificar en situaciones que pudiéramos considerar como
agregadas de esta?
Diría que cuando el desarrollo de la acción no produce efectos en otros –o produce efectos
no significativos-, tendemos a mantener una estrecha relación entre conocimiento y acción.
Sin embargo, cuando hablamos de actividades de mayor complejidad interpersonal estamos
habituados a pensar desde la disociación. No sabemos pensar la acción cooperativa, social
o interpersonal sin esa disociación. Los modelos mentales de autoorganización no han sido
construidos o extendidos o trillados… Así, la inercia del lenguaje que utilizamos en el
pensamiento que disocia conocimiento y acción nos impide rastrear, explorar, imaginar
otros caminos (porque “primero hay que establecer el objetivo y luego definir los pasos que
nos llevan a él y luego asignar a cada uno la tarea que le corresponde en cada paso”, etc.
etc.).
Necesitamos ahondar en esas formas, en su lenguaje, en marcos conceptuales con los que
podamos elaborar, imaginar, aventurarnos hacia formas que nos permitan orientar la acción
social sin disociación entre conocimiento y acción, lo que, sin duda, redundará en un gran
avance e incremento extraordinario de aportación de valor de nuestro trabajo y acción en
general.
Maite Darceles
Secretaria-gerente de Garela |