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La idea, que había
partido de un antiguo alumno del MIT, entusiasmó a Antonio Barrera de
Irimo y Juan Miguel Antoñanzas, presidentes respectivamente de
Telefónica y del Instituto Nacional de Industria. Ricardo Valle
gestionó el proyecto sabiamente y esas instituciones lo financiaron
durante varios años, pero los avatares políticos y
económicos de la época terminaron por hacerlo inviable.
¿Sería posible hoy
lo que no fue entonces? La Comisión Europea, que probablemente desconoce
el pionero proyecto ITP, parece estar convencida de que sí. Con la meta
de mejorar la competitividad de nuestro continente, la Comisión propuso
el año pasado crear el Instituto Europeo de Tecnología (IET), que
será, en palabras del presidente de la Comisión, José
Manuel Durão Barroso, "un buque insignia de excelencia", donde se
"reúnan los mejores cerebros y compañías y en los que se
enseñe a estudiantes de postgrado, se haga investigación y se
cultive la innovación".
La iniciativa ha sido recibida
favorablemente por la mayoría de los países de la Unión
Europea, aunque no han faltado críticas desde los mundos universitario y
empresarial. El proyecto apunta a un modelo descentralizado de instituto,
formado por "comunidades de conocimiento" con los mejores grupos universitarios
europeos en áreas de investigación estratégicas, y
dirigido por una Junta de Gobierno. Este modelo no es muy diferente del de las
redes de excelencia actuales, con lo que el IET podría resultar
redundante, además de prestarse a una política de cuotas
regionales que terminaría por diluir sus objetivos. Quizá sea
utópico querer recrear de un plumazo una institución como el MIT,
fundado por William Barton Rogers como respuesta a las necesidades de una
época en las que la rápida industrialización de Estados
Unidos exigía un nuevo tipo de educación.
Financiado por donaciones
privadas, el Instituto abrió sus puertas en 1865, en unos locales
alquilados en Boston, con seis profesores y once estudiantes, y en los primeros
años pasó por apuros económicos serios. El MIT tiene hoy
10.000 alumnos (el 60% postgraduados) y casi mil profesores, un presupuesto
anual que sobrepasa los 1.500 millones de euros y una reserva de capital de
más de 5.000 millones de euros.
Si se trata de seguir los pasos
del MIT, ¿por qué no empezar adoptando la filosofía de su
fundador, un modelo de educación e investigación radicalmente
diferente que responda a los desafíos del momento y con
financiación mayoritariamente privada? Rogers probablemente
crearía hoy una institución organizada, no en torno a los
departamentos universitarios tradicionales, sino a un tema amplio, de
importancia capital para la sociedad, con un enfoque interdisciplinar tanto en
educación como en investigación.
¿Qué tema mejor
que la energía para vertebrar esa hipotética institución?
En menos de 50 años se duplicará el consumo de energía, lo
que exigirá un aumento considerable del uso de carburantes
fósiles. Esto, cuando la evidencia muestra que las emisiones de
dióxido de carbono derivadas de ese consumo empiezan a tener un impacto
serio en el clima del planeta. Si añadimos que una parte considerable de
los yacimientos de petróleo y gas natural está concentrada en una
región de enorme inestabilidad política, nos encontramos con un
problema que podría dar al traste con la forma de vida moderna.
Es imperativo pues aumentar la
eficiencia de los procesos industriales, de los medios de transporte, de la
maquinaria y los aparatos de uso diario, sin dejar de buscar fuentes
alternativas de energía segura y a gran escala. El reto es de una
dimensión que sobrepasa a cualquier Estado o institución. Como en
la mayoría de los problemas complejos, la solución no pasa por un
esfuerzo gigantesco, centralizado y planificado desde arriba, sino por una
multitud de iniciativas, complementarias cuando no compitiendo entre sí,
y surgidas de diferentes grupos de la sociedad.
Una de ellas podría ser
un Instituto Tecnológico para la Energía, con la misión de
ayudar a la solución del problema energético. Sus miembros
serían ingenieros, científicos, urbanistas y economistas,
convencidos de la necesidad de abordar el problema interdisciplinarmente y
trabajando, con la ayuda de estudiantes de postgrado, en un número
reducido de temas cuidadosamente seleccionados. Algunos serían de
interés directo e inmediato para la comunidad regional, aunque
fácilmente adaptables a otras zonas. Otros serían arriesgados y
de solución a largo plazo, pero con un posible impacto global.
Con este planteamiento, no
sería difícil atraer la atención y el dinero de las
empresas que se dedican a la energía en una u otra manera y de las que
desarrollan tecnología punta. No faltarían ciudades dispuestas a
ofrecer incentivos para albergar una institución así, y en poco
tiempo iniciativas parecidas se replicarían espontáneamente en
otras regiones.
En estos términos,
respondiendo a las necesidades reales de la sociedad y construido de abajo
arriba, tiene sentido no uno sino varios Institutos Europeos de
Tecnología. ¿Y por qué no uno español?
Autor: Emilio Méndez
(Director del Centro de Nanomateriales Funcionales en el Laboratorio Nacional
de Brookhaven, Nueva York, EE.UU.) |