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La productividad del trabajo,
variable esencial para el crecimiento económico, la competitividad en
los mercados internacionales y la elevación del ingreso por habitante se
puede aumentar de muchas maneras.
Se puede hacer con la mejora de
la composición del trabajo (de menos a más calificado) en el
proceso productivo; con mayor uso del capital que colabora con el trabajo y el
perfeccionamiento de sus prestaciones; con la mejora de la organización
del trabajo, y el refuerzo de la motivación y aplicación de los
trabajadores a las tareas encomendadas, y un largo etcétera, que incluye
lo que se conoce como productividad multifactorial (MFP), es decir, la
contribución de los demás factores de producción a la
productividad del factor trabajo.
La composición de la
fuerza de trabajo es el principal y, probablemente, el más importante de
los factores que hacen crecer la productividad del trabajo. Es también
el factor que mejor explica las diferencias en los aumentos de productividad de
distintos países industrializados, sobre todo cuando el estado del arte
en tecnología está difundido por casi todos estos países,
y su nivel de conocimiento y aplicación es muy semejante.
Sea o no panacea, la
formación de capital humano por medio de la educación en todas
sus fases, primaria, secundaria y terciaria (universitaria), es un factor muy
importante en determinar la productividad de un país. En España
así lo reconocemos y profesamos, aunque no hacemos todo lo que nuestras
declaraciones deberían implicar en la práctica. Sabido es que
estamos muy retrasados en los resultados de la educación secundaria con
respecto a otros países de nuestro nivel de desarrollo en cosas como
comprensión de textos, matemáticas, ciencias naturales e idiomas
extranjeros.
Los resultados de los
estudiantes españoles (de 15 años) están por debajo de la
media de los países de la OCDE. Por ejemplo, en la escala de
conocimientos científicos, España está en el puesto 21,
junto a Italia, y sólo supera los resultados de México,
Turquía, Portugal y Grecia Aquí, sin duda, tenemos mucho que
mejorar. Además, en España, sólo el 41,3% de los adultos
entre 25 y 64 años (la edad de trabajar) tiene educación
secundaria o superior, menos que la media de la OCDE, que es de 64,9%, y lejos
de los países escandinavos, Alemania, Suiza, Australia, Canadá,
Estados Unidos y Japón, donde más del 80% de la población
en ese grupo de edad tiene educación secundaria o superior.
ESFUERZO NOTABLE
En la educación terciaria
(básicamente, la universidad) no estamos tan mal, por lo menos las
generaciones jóvenes. El 36% de las personas entre 25 y 34 años
han recibido o reciben educación superior. Es una proporción
mayor que las de Alemania, Suiza, Holanda, Dinamarca. Nueva Zelanda y el Reino
Unido, para el mismo grupo de edades, aunque menor que las de Canadá,
Japón y Corea, que están entre el 40% y el 50%.
En España, sin embargo,
sólo el 17% de la población comprendida entre los 45 y los 54
años tiene educación superior. Esta notable diferencia se debe a
tres causas concomitantes: el aumento del nivel de vida, el aumento del
número de universidades y la mayor incorporación de la mujer a la
vida universitaria, en las dos últimas décadas. El esfuerzo que
ha hecho la sociedad española para dotar a sus miembros de una
educación superior ha sido notable. El gasto anual por estudiante
superior ha aumentado en un 33% desde 1995, muy por encima de la media para los
países de la OCDE, aunque su nivel (7.455 dólares en 2003)
todavía es inferior a la media de 10.052 dólares para este grupo
de países.
La paradoja que se anuncia en el
título está en que, a pesar del esfuerzo que se ha hecho en la
formación de capital humano, sobre todo en la educación superior,
la productividad del trabajo en España sólo ha crecido en un
0,30% (tasa anual) entre 1985 y 2004; y decreció a una tasa de -0,29% en
la década de 1995 a 2004, una etapa de intensa inversión en la
educación superior. |