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Aunque España ha logrado
avances notables en su sistema de educación superior, sus universidades
todavía están lejos de figurar entre las mejores del mundo. El
autor, Andreas Schleicher, sostiene la necesidad de revisar el sistema de
financiación y gestión de los centros.
Pocos países han tenido
tanto éxito como España en expandir el acceso a la
educación superior. Cuando se compara el porcentaje de personas que
obtuvieron un titulo universitario en los años sesenta y en los noventa,
todos los países de la OCDE han experimentado progresos, pero
sólo Corea del Sur ha avanzado más deprisa que España.
España ha pasado de
ocupar la posición 20 del ranking de los 30 países de la OCDE en
los años sesenta a ocupar la número siete en los años
noventa.
Hoy, una de cada cuatro personas
con edad comprendida entre 25 y 34 años obtiene un título
universitario en España. A menudo, se sospecha que el aumento del
número de titulados esté acompañado de una rebaja del
nivel de exigencia. Nosotros todavía no hemos sido capaces de verificar
esa teoría al evaluar los títulos universitarios con una
comparación similar a la aplicada por el sondeo PISA en los resultados
escolares hasta los 15 años. De todos modos, comparar el valor en el
mercado de los títulos obtenidos en diferentes países puede
deparar algunas enseñanzas. Y en ese terreno, hay indicios de que no
todo va tan bien como debería en las universidades de España.
Las comparaciones muestran que
la inversión en educación universitaria suele reportar dividendos
positivos importantes, a nivel individual y colectivo, en los países de
la OCDE. Eso es cierto tanto en términos financieros como en
términos de resultados económicos y sociales más
generales, como el incremento de la productividad laboral y la mejora de la
salud mental y física. En algunos de los países en los que la
expansión del acceso a la universidad es más acentuada se han
visto los mayores incrementos en los ingresos, lo cual sugiere que, en general,
no se ha producido la llamada inflación de los títulos de alto
nivel.
Pero ahí estriba
exactamente la diferencia entre la evolución de España y la
tendencia general de los países de la OCDE. En 1997, la prima de
ganancia para un titulado superior en España era todavía del 49%.
En 2001 cayó al 29%, menos de la mitad que el 62% que es la media de la
OCDE.
El salario y los beneficios
laborales de los titulados de más alto nivel siguen siendo en
España bastante significativos, de modo que los estudiantes que terminan
el bachillerato tienen buenas razones para seguir invirtiendo en su
formación. Sin embargo, las tendencias mencionadas sugieren que no basta
ofrecer más títulos universitarios de las mismas carreras.
La financiación puede ser
parte de la respuesta. Mientras que el gasto en la educación terciaria
ha aumentado en España un 32% entre 1995 y 2002 en términos
reales, continúa estando, con 8.100 euros por estudiante, muy por debajo
de la media europea de 11.500 euros y es casi la mitad que el nivel de gasto en
EE.UU. Existe una diferencia que no se ha cubierto.
Los países
nórdicos ofrecen ejemplos en los que un gasto público masivo en
la educación superior redunda en grandes dividendos para los ciudadanos
y para la sociedad. Este sistema es difícil de emular con las actuales
restricciones en los presupuestos públicos en España. Por otro
lado, hay alternativas exitosas. EE.UU., Australia, Japón y Corea han
logrado mejorar el acceso a la educación superior haciendo que los
estudiantes paguen una parte del coste de su formación. España,
por el contrario, al no realizar la inversión pública necesaria y
no permitir que las universidades eleven las tasas por sí mismas, puede
acabar, como otros muchos países de la Europea continental, provocando
el estancamiento de sus universidades.
No hay que olvidar que el gasto
por sí solo no es garantía de mayor calidad. Los Gobiernos deben
crear y mantener un sistema universitario con diversidad y sostenible, basado
en instituciones de calidad muy alta y con libertad para responder a la demanda
y demostrar los resultados que obtienen. El objetivo debe ser garantizar que el
crecimiento y desarrollo de los sistemas educación superior se gestiona
de manera que mejoren el acceso y la calidad y se refuerce la igualdad.
Para ello, las políticas
de financiación y de apoyo a los estudiantes deben movilizar los
recursos públicos y privados de manera que se reflejen mejor los
beneficios sociales y particulares de la educación terciaria. Necesitan
desarrollar una capacidad de gestión y liderazgo comparable a la de las
empresas más modernas. Deben introducir estrategias de
financiación y de gestión de recursos humanos adecuadas, para
garantizar la sostenibilidad financiera a largo plazo y responder a criterios
de control precisos. Y las universidades modernas deben estar gobernadas por
órganos que reflejen unos intereses más amplios que los de la
comunidad académica.
No hay duda de que la demanda
mundial de más y mejores títulos sigue aumentando. España
lo está haciendo bien en cuanto a ofrecer a sus jóvenes la
oportunidad de cursar estudios universitarios, pero deberá lograr que su
éxito en expandir la cantidad de universitarios vaya unido con la
introducción de estándares de calidad competitivos
internacionalmente. Y quizá no necesite buscar fuera los modelos para
lograrlo.
Fuente: Cinco Días
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