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Europa, con un sistema
universitario mayormente público, se embarca en procesos de
reconversión de instituciones de educación superior. Hay que
estimular la productividad científica y la capacidad de atraer
estudiantes. Ejemplos son las recientes iniciativas británicas, que
pueden poner en dificultades a departamentos de Física o de
Química, entre otros, o en las exigencias del gobierno alemán
para pactar cuanto antes un sistema de financiación selectivo, basado en
el rendimiento de cada institución.
La Comisión Europea (CE)
señala la insuficiencia de nuestras instituciones universitarias para
contribuir a los objetivos de la Agenda de Lisboa 2000, de alcanzar la
máxima competitividad basada en el conocimiento. La CE pide
universidades más próximas a las necesidades del mercado y la
sociedad, cuya autonomía se base en dar cuenta y razón de su
rendimiento, más que en una organización excesivamente
reglamentista. Igualmente indica la necesidad de mejorar la financiación
universitaria, algo particularmente necesario en España.
Modelos de universidad, que
marcaron pautas en el pasado, la alemana creadora de ciencia, la
británica como centro de formación, incluso, la
napoleónica, elitista y burocratizada, propia de los países
mediterráneos, van pasando. Se nos propone ahora una universidad
emprendedora, capaz de responder a corto plazo, en función de lo que la
sociedad necesita, al menos a juicio de quienes creen interpretar sus demandas.
En la Universidad española trabaja, con importante dedicación y
competencia, más gente preparada que nunca. Pero, el mantenimiento de un
liderazgo, basado en los valores universitarios, tradicionales y permanentes,
-la ruptura de las fronteras del conocimiento, la innovación formativa-
se puede revelar como difícil si los marcos en los que se inserta
nuestra tarea no lo facilitan. Los cambios normativos -organización de
titulaciones en función de Bolonia, nueva modificación de la Ley
Universitaria- deben agilizarse, para propiciar la creatividad en nuestra tarea
académica. |