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En una sociedad del
conocimiento, la investigación es el motor de la competitividad. Y por
derecho propio, la universidad tendría que ser uno de sus más
destacados protagonistas, tanto en investigación básica, como en
investigación aplicada. En la Estrategia de Lisboa, el matrimonio
empresa-universidad debía poner a Europa en cabeza tecnológica y
competitiva. Sin embargo no está siendo así.
La Fundación Conocimiento
y Desarrollo ha hecho público su segundo informe CYD 2005 que analiza la
contribución de las universidades españolas al desarrollo. Uno de
los resultados que arroja, y que deberían hacernos reflexionar, es que
la universidad no cumple bien ni la función de formación continua
ni la de transferencia de tecnología.
El funcionamiento del sistema
universitario español ya tiene un peso significativo en la
economía. Tan sólo las universidades públicas mantienen
244.731 empleos, un 1,5% de la población ocupada, y aportan un 1,3% del
VAB (valor añadido bruto) español.
Desde la entrada en vigor de la
Ley de Reforma Universitaria (LRU) en 1983, el número total de
profesores y alumnos universitarios se ha doblado hasta la cifra de 1,4
millones. El número de graduados ha pasado desde los 600.000 que
existían en los años setenta a los más de cuatro millones
de la actualidad. Se ha pasado de 34 universidades en 1986 a las 73 de la
actualidad.
Desde mediados de los noventa,
comenzó a descender el ritmo de crecimiento de los alumnos, para
disminuir en número absoluto desde 2000. En el curso actual el
número de alumnos matriculados es inferior al del curso 1994-1995. Si
esto se mantuviera, nuestro ratio de graduados con respecto a la
población total sería inferior al de los países más
avanzados de nuestro entorno.
Aumenta el periodo de tiempo
necesario para completar los estudios, en particular los de ciclo largo. En las
enseñanzas técnicas sólo siete estudiantes de cada 10.000
completan su educación en el tiempo establecido.
Existe también un
desajuste entre la oferta y demanda. Así, se incrementa el porcentaje
del desempleo universitario, mientras que disminuye entre los de
cualificación media y profesional. La realidad hace que muchos puestos
sean cubiertos con sobreeducación.
Las universidades han ido
ampliando su gama de servicios, como inequívoco reflejo de las nuevas
demandas de la Sociedad del Conocimiento, pasando de simple proveedor de
formación y titulaciones a preocuparse por la inserción laboral
de sus licenciados, la formación continua, las políticas de
transferencia de tecnología, la creación de empresas semillas, la
participación en parques científicos y tecnológicos y la
movilidad de investigadores entre la empresa y la universidad. Sin embargo, no
es percibida como un socio de referencia para la investigación por parte
de las empresas. Más del 80% de ellas no han acudido jamás a la
universidad para llevar a cabo proyectos de investigación.
Además, sólo ocupa el noveno lugar entre los diez proveedores de
formación considerados por las empresas.
Más preocupante es el
asunto de la transferencia tecnológica. La financiación
empresarial de la I+D universitaria sigue disminuyendo desde 2001, tanto en
valores relativos como absolutos. Se observa una reducción del
porcentaje de empresas que cooperan con las universidades, a la par que se
refleja un aumento de empresas que prefieren trabajar en investigación
con sus propios proveedores que con la universidad. Se ralentiza el incremento
de volumen de contratos y convenios gestionados por las fundaciones
universidad-empresa y por las oficinas de transferencia de resultados de
investigación (OTRI).
En resumen, todos estos
indicadores reflejan un agotamiento del actual sistema universitario en lo
referente al liderazgo de investigación y a las necesidades del sistema
productivo. Estos desalentadores datos contrastan con el incremento del gasto
en I+D en la universidad, que ya alcanza el 30,3 % del total. En algunas
regiones monopoliza el 70% de la inversión en I+D, lo que nos distancia
de los países más avanzados, donde la participación
empresarial está mucho más equilibrada. Este fuerte incremento
presupuestario está teniendo como consecuencia un sensible aumento en el
número de publicaciones y en el de patentes. Es decir, que parece que
incrementa su potencial investigador, mientras que paradójicamente
reduce su transferencia de tecnología a las empresas. Algo se
está haciendo mal.
Fuente: Cinco Días
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