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El corporativismo absurdo, los
prejuicios basados en los títulos académicos o en dónde se
ha estudiado y otros siguen instalados en el mundo de los negocios en
España, según el autor, Gustavo Mata Fernández-Balbuena.
En su opinión son barreras para una mejora de la productividad que es
imprescindible en la economía española.
España ha crecido en
renta y en empleo muy por encima de la media de la Unión Europea. Este
crecimiento ha estado basado en el tirón de la demanda interna
especialmente ligado a la construcción y a los servicios, pero la
contribución del sector exterior al crecimiento ha sido muy escasa.
Hemos sufrido una constante pérdida relativa de competitividad. El
diferencial de inflación de la economía española respecto
de la del conjunto de los países del área euro ha influido en el
deterioro constante de nuestra balanza comercial. A medio plazo se contempla
para la economía un crecimiento menor y un ajuste que vendrá,
como siempre, vía empleo. ¿No hay nada que se pueda hacer?
¿Debemos resignarnos?
Conseguir que la
inflación española sea menor que la de nuestros socios cuando
nuestros precios están aún un 20% por debajo de los europeos no
parece un objetivo realista. La política monetaria para moderar esa
inflación no está en nuestra mano; con tipos de interés
bajos no parece fácil contener el consumo privado; y confiar en que
nuestros políticos contengan el gasto público sería
demasiado ingenuo.
¿Qué hacer? Todo
el mundo señala que la solución es incrementar nuestra
productividad.
La productividad es la
relación entre los bienes o servicios producidos y los factores
utilizados. Dicha productividad depende del uso eficiente de los recursos y eso
depende de dos factores clave: capital y trabajo. Para mejorar la productividad
lo primero que se le ocurre a cualquiera es aumentar la eficacia en el uso del
factor trabajo: contener los salarios, aumentar el rendimiento de los
trabajadores.
Pero eso depende, sobre todo, de
la inversión en capital, de la mejora de los medios de
producción. Por tanto, la inversión en capital productivo
debería seguir incrementándose y debería favorecerse desde
las Administraciones públicas.
En una economía
globalizada e integrada una vía para la mejora es especializarse:
debemos dejar de producir lo que no hacemos de forma eficiente y sí
producir aquello que se puede hacer más eficientemente; tenemos que
centrarnos en los mercados y en los productos para los que tengamos, o podamos
tener, mejores ventajas competitivas. Tal vez tengamos más a ganar
innovando, haciendo nuevos productos para nuevos mercados más que
haciendo mejor lo mismo que veníamos haciendo. Pero para poder cambiar
el modelo productivo hace falta promover la flexibilidad; desde los poderes
públicos deberíamos facilitar la reasignación de los
recursos productivos.
La productividad depende de otro
factor fundamental: el talento. Todo lo que hagamos para propiciar que
ningún talento se malogre, que todo el que tenga talento se forme y lo
acreciente, que la formación sea cada vez de mejor calidad,
especialmente la de nuestros profesionales y directivos de empresa, es
fundamental. La inversión en educación es rentable a corto
plazo.
Finalmente
señalaré lo que me parece más importante: está bien
acrecentar el talento y sembrar para el futuro pero antes que nada debemos
aprovechar el talento que ya hay en las organizaciones. Mientras no consigamos
establecer una igualdad real de oportunidades en nuestras empresas, mientras no
propiciemos que el único criterio para seleccionar a las personas o para
promocionarlas a puestos directivos de cualquier nivel sea el talento estaremos
perdiendo la más importante fuente de mejora de la productividad a corto
plazo en nuestro tejido empresarial. De otra parte, ¿cuánta
discriminación hay en la empresa basada en el género?,
¿cuánto nos cuesta en términos de productividad que haya
tan pocas mujeres en puestos directivos?: si ellas, las mejores, no
están en la dirección, es evidente que hay muchos puestos clave
ocupados por personas no tan competentes como si fueran ellas quienes
estuvieran.
Eliminar radicalmente la
discriminación en las empresas es una revolución pendiente, un
cambio cultural que debemos impulsar todos: ¡nos va demasiado en
ello!
Fuente: Cinco Días
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